Luna que al partir
llevas lejos mi cordura,
siempre tú has de dar fin
a errores de mi amargura.
Y no es que tú, cruel serafín,
hayas errado o hayas muerto,
es que hoy sin poder dormir
aun te siento.
Necesito algo que a mi cicatriz
de al fin un ultimátum.
No serás tú, ni seré yo,
pues sólo te veo con ojos cerrados.
Y qué daría yo, oh, olvidada mamá,
por oírte cantar cada mañana al despertar.
Cada cosa en su momento,
y tiempo a tiempo oigo el río pasar.
Ya no me asustan más infiernos
ni inviernos helados que maten amores,
no resuenan en mi pesar esos estruendos
de ángeles perdidos por mi jardín en la noche.
Luna que al partir
llevas lejos mi locura,
nunca pudiste dar fin
a este amor que rompió mi cordura.
