Las estaciones, cada vez más rápido están cambiando, y cada día cuento menos estrellas en el cielo. Tengo la sensación de que, al igual que yo, todas ellas están muriendo. Se resienten de tener que estar condenadas a ver desde lejos como el amor más puro se aleja, se guarda, finge que olvida y finalmente, expira.
Ya no tengo conciencia del tiempo y creo que a mi reloj interno le faltan pilas. He perdido la noción de los días y sé cuando es de noche gracias a la luna que desde arriba, atenta, me mira. Sé que no duermo y que no como y también sé que he perdido a gente anteriormente, aunque ahora, a parte de a ti, sólo veo albares. Sé que me prometiste que volverías, si no mañana, cuanto antes, pero... Ya está llegando el invierno y mi fuerza, junto con mi alma, se ha ido. Tal vez tenían frío. Tal vez te echaban de menos y no querían sufrir más conmigo.
Oh, no... ya lo estoy notando y sé que las gastadas sábanas de mi cama también lo notan. Notan mi piel fría y que la próxima vez que respire será la última vez que lo haga en vida. Aprovecho para repasar todo una vez más, pero no lo que ven mis ojos, sino los recuerdos que han permanecido en mi cabeza a pesar de todo. Está tu cara, su cuidado y una nana: "Mañana ven conmigo, mañana ven conmigo...", logro escuchar a lo lejos como un leve suspiro... Mis ojos, abiertos y creyendo que su dique finalmente se había secado, que el surco que los rodea ya no podía estar más hundido, consiguen volver a mojarse y la pupila cambia a otro estado: al dolor, el cual parecía haberse ido y sin embargo, estaba en una esquina, escondido, ávido de alimento y de la escucha de mis dolorosos quejidos. No quieren cerrarse hasta que vuelvas pero esta fuerza es mayor que ellos. Así que los cierro, y, por última vez, respiro.

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