En un mundo en el que los buenos consejos no salen soplando, las luces de la Torre Eiffel se apagan. Hay tantas cosas que decir cuando no hay luz que ilumine tu semblante, que todo se vuelve turbio, todo, absolutamente todo, se mezcla en una tormenta de arena, pero todo, absolutamente todo, está ahí, revoloteando.
"Habla más bajo, por favor", deseas decir. Para que pudieran contestarte cualquier cosa. Miras a los lados y no ves nada. Nada. Y una vez más, vuelves a desear decirlo: "Gírate, ojos brillantes. Tan sólo date la vuelta". Y entonces te das cuenta. Nada existe, aunque en tu imaginación, todo siga siendo real y cada vez que parpadees, protagonicen una película efímera cada uno de esos momentos en los que sentiste que existía en ti un recoveco en el que jamás reparaste, de una habitación a la que nunca habías entrado.
Pero sabes que sólo hablas contigo misma y que cada vez que buscas que te encuentre la mirada, se trata tan sólo de una foto de un recuerdo que sólo será eso, una imagen de un segundo en tu cabeza loca.
Y mientras, uno, que mira de frente y no finge sonrisas cuando las siente, se acuerda de todo cuando acaban las carcajadas, y en contraposición, otro mira al futuro, para así no pensar en el pasado e incluso... en el poder del presente. ¿Y qué será del futuro que nunca será? ¿De ese futuro que nunca será presente? Pobre futuro en el que nadie pensó. Pero nadie puede hacer nada. El tiempo pasa, aunque lentamente.
Así que yo, me relajo.

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