Pero lo cierto es que nunca me acostumbré a que llegaran ni la noche, ni el invierno. Dolía demasiado como para que la luna luego me consolara por mucho esfuerzo que supiera que estaba haciendo. Dolía mucho, e incluso cuando hoy te rehuyo sigo sintiendo lamentablemente que existe un vacío.
Por eso, aunque me muera de ganas por que rompas las nubes y te asomes, que impongas tu cara y le sonrías a la lluvia gritando: ¡eh! ¡aquí estoy yo y ahí está ella, mi estrella! te pido Sol, que no brilles.

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