La noche anterior al 22 de diciembre no había dormido prácticamente nada porque estuve toda la tarde de ese día anterior durmiendo, así que, como mi amiga tenía mi móvil, le pedí a mi madre que me despertara a las 8:30. Se lo repetí varias veces para que no se le olvidara, a lo que ella respondió casi riéndose: "¡Vale, Yuna!". Era un juego y yo lo sabía, sólo que, a la mañana siguiente me desperté con un: "¿Yuna? ¿tú me habías dicho que te despertara a las 8:30?". Cuando me incorporé aún con los ojos entrecerrados, observé el reloj digital que había en la pequeña pantalla del aparato de los canales de Imagenio. Eran las 8:40, por lo que supe que tardó en pensar en mí y, además, en acordarse de que me tenía que despertar, aún dudando. El verano pasado me escapé de casa prácticamente obligando a mi novio. No quería estar ahí, notaba que todo el mundo, las situaciones que giraban entorno a esa casa, a esa familia, todo, eran disparates ilógicos y sin sentido en los que debería ser fácil ver la lógica por la clara lucidez y objetividad con la que birllaban las tesituras de las que hablo. A partir de ese entonces, mi madre me prometió, junto con su luna de cartón, que no volvería a tener contacto con mi padre. Volví y no sólo notaba el distanciamiento de algunos miembros de la familia en concreto, hacia mí. Esas miradas y giros de éstas mismas... no podía evitar imaginar sus conversaciones lejos de mi presencia. ¿Acaso ellos tenían razón?, ¿acaso mi gen imaginario de la justicia estaba roto?, ¿le faltaban pilas?, ¿lo estaba haciendo mal?, ¿era el mundo así de incomprensible como a mí me parecía?, ¿dónde había quedado eso de... ¿cómo se llamaba?, ah, sí, objetividad. ¿Es que el negro y el blanco ya no tenían por qué ser enemigos naturales?, ¿libertad y libertinaje se habían convertido en una misma cosa?.
Lejos de esto y retomando lo anterior, cuando regresé, el móvil de mi madre sonó. ¿Quén era?, no dudé en preguntárselo, pero es obvio quién era. Entonces, molesta, me preguntó si me molestaba, como si fuera una gran incertidumbre. "¿De dónde venimos, Yuna?", parecía que era la pregunta de la que se trataba realmente. ¿Era tan difícil de entender que la persona que unos cuantos años antes me había prometido que podría confiar en ella lo inimaginable era ahora la persona más tonta del mundo, la cual más daño me causaba? Por si no fuera poco, seguían viéndose y cómo no, cuando lo descubrí me dijo que creía que yo ya lo sabía. ¡Pues claro que lo sabía!, no lo veía, ¡pero lo sabía!, ¡mi mejor amiga, mi novio y todas las personas cuerdas del mundo lo sabían!, otra cosa distinta es haberlo querido creer, como cuando sonó ese móvil, lo que significaba que el señorito había conseguido que mi madre le regalase un movil nuevo, saldo y todo por sus buenas acciones, oye, que quizá debería ser así yo también, ¡eh!
Al margen de este eposodio, la mañana del 22 de diciembre, cuando ya había decidido abandonar mi cama, aunque iba en contra de mi voluntad, me levanté y habiendo obligado un poco al subconsciente para ese propósito costoso por muy efímero que fuera, me vestí y, aunque no me apetecía pisar la habitación del fondo, para no variar, tuve que hacerlo porque es el único lugar donde hay espejos de cuerpo entero aparte del de la habitación de mi primo, sólo que estaba durmiendo con la novia en su habitación, por lo que, dudo que le hiciera mucha gracia que entrara para mirarme. Quitando, claro, que probablemente la puerta estuviera cerrada con llave. Al entrar en la habitación, me miré, me coloqué la blusa, me miré... y aunque tenía aún los ojos entrecerrados, noté que había algo distinto en esa habitación desde la última vez que entré. Me giré y pude ver que el colchón que acostumbraba a estar al lado del armario de los espejos para cuando vinieran mis amigas, estaba ahora de frente a él. Delante de éste, unas escaleras, a los lados cosas irrelevantes, pero que, tampoco antes estaban ahí, y, sin embargo, la gran bolsa sucia que acostumbraba a estar ahí, en medio de todo, no estaba. Una vez la abrí para ver qué contenía, creyendo que iba a encontrar ropa de mi padre dentro, o incluso, sus herramientos de trabajo, claro. Para mi disgusto, y no gusto, recalco, encontré ropa militar de mi primo. Aún así, no comprendía por qué estaba tan sucia de lo que parecía escayola, siendo mi padre "escayolista". Por Dios, ¿esa profesión existia? ni lo quiero saber, pero es lo que siempre dijo, sólo que, también siempre dijo que mi madre, mi familia y mis amigas eran unas interesadas, claro que, no usando esa palabra precisamente. Reparé entonces en la pared, que antes estaba cubierta por arañazos de mi anterior perro. Ese es otro capítulo... Estaba todo liso, pero, ¿cómo?, ¿tal vez seguía media dormida aún?, ¿mis ojos se lo habían imaginado por estar entrecerrados todavía?, no. Era la realidad y sabía qué significaba. Estaba ansiosa por saber cómo escaparía mi madre esta vez en: Las aventuras de Amparo Jones en la cueva maldita. ¿Cómo escaparía esta vez nuestra querida heroína arqueóloga de las garras del demonio legendario Aliger Yuna?, ¡No se lo pierdan!.
Estaba en el baño. Fui y en los cortos pasos que lo separaban de la habitación del fondo, mi mente ya imaginaba la manera de decírselo. Echaría por la borda los pocos días anteriores de buena relación, de risas y de ignorar sus estupideces, pero ¿qúe más daba?. Mi boca no lo decía y mi mente tampoco, pero notaba un algo interno que repetidas veces me decía que no me dejara engañar. No esta vez. Ese mismo algo me hacía un repaso de su actitud y con calificativos inpronunciables me animaba a hablarle. Fuera, ordené a esa voz, y con tranquilidad me acerqué dispuesta, otra vez, a ser engañada y soportar su falsa sonrisa de días posteriores en los que cambiaría de tema por siempre, tratando ese día como una invención, un sueño:
- ¿Arreglaste la habitación del fondo tú sola? -pregunté tranquila-.
Recibí silencio para luego, entre unos balbuceos, observar cómo una mente de frente a la mía, intentaba escapar de una manera que me hacía recordar a un conejo angustiado en una trampa para conejos. La exactitud de las palabras no la recuerdo, aunque tan sólo ha pasado casi una hora desde entonces. Tal vez, poco más de media hora, pero en resumidas cuentas y entre varias intervenciones mías ayudando a desarrollar su mentira, dijo:
- Tu padre me ayudó, pero, ¿hace cuánto tiempo ya de eso? -Pude ver las chispas que saltaban de su cabeza orgullosas de haber maquinado tanto una explicación, por lo que me fui a los hechos universales-.
- Entonces, subió. -¡Pam! ¿qué era eso?, ¿un disparo?, parecía como si unas neuronas se hubieran propiciado un tiro intentando huir de la vida, rendidas.
- Pero, Yuna -dijo antes de una gran, gran pausa-. ¿Hace cuánto tiempo de eso? -¡Sabía que las veces anteriores que había entrado no estaba así y que antes de su promesa de cartón seguía todo igual de feo allí dentro! coño, ¡que parecía un niño!-.
- Fue después de que me lo prometieras... de que me prometieras que no volvería a subir, ¿pero quién me lo prometió? Super Mario... Super Mario me lo prometió...
Me giré, tapé mis lágrimas, cerré la puerta, me acordé de Gustavo, cogí desesperada una libreta, no había hojas libres, era antigua. Por fin una. Empuñé el bolígrafo rojo que había cogido al entrar y escribí en la parte superior: 22 de diciembre de 2011.

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