No era una noche muy fría. Aún así, quise que me acompañara un pullover y una gran chaqueta de la marca Ecco. Los raperos no deben pasar frío nunca con estas cosas tan calentitas.
-¿Qué pasaría si renunciara a ellos?-. Era una de las tantas preguntas que rondaban mi cabeza una y otra vez, unos meses atrás. Cuando aún era una muñeca algo perdida. Bueno, más bien, muy perdida. Fue entonces cuando comencé a llevar una vida normal. Me habían dejado en paz y de repente tenía todo lo que quería: un trabajo, una relación estable, una familia a la que echar de menos y lo más importante; al destino bien lejos.
Pero entonces, ocurrió. Me di cuenta de que, aunque es lo que ella quería y seguirá deseando, no puedo dejar de querer encontrarla. Ni un momento, por mucho que me hubiera alejado de esos estúpidos ángeles manipuladores, pude dejar de pensar un instante en ella.
Como iba diciendo, no era una noche muy fría, así que, mi perfecto novio normal y yo, salimos a dar un paseo. Además, me apetecían chuches después de un día duro. De duro trabajo y sexo duro, claro. Sonrisas, bromas y piques, protagonizaban lo que parecía la típica y normal escena de una joven parejita. Pero entonces, lo vi.
He de reconocer, que desde la puerta del edificio en el que vive, era a mis ojos, tan sólo una compresa usada, tirada sin más. Alguna adolescente loca, ¿por qué no? Pero cuando ya nos habíamos echado prácticamente encima de ésta, me limité a dejar clara la repugnancia que me provocaba con un explícito y sonoro: "¡puaj!", antes de seguir el camino a por mis chuches. Sin embargo, parecía que ese ya no era el plan de mi novio, al parecer y hasta ahora, normal. De repente, sentí un fuerte apretón en mi mano que, aunque cariñoso, dejaba marcada su decisión de dar una vuelta a mi cuerpo de 180º.
-¿Sabes lo que es?-. Se limitó a preguntar, mirándome con mucha más curiosidad que la que mi miopía me dejaba sentir por una aparente compresa usada. Instintivamente, bajé la cabeza y dirigí la mirada al suelo, aún con una mueca de asco en la cara, que, rápidamente, cambió a una expresión tensa y seria. ¿Ambos estábamos viendo lo mismo?
-Dos plumas arrancadas-. Respondió, casi como si pudiera haber leído la pregunta en mi cabeza. Yo no dejaba de mirarlas, de inspeccionar la posición que adoptaban. Medirían algo más que mi mano. Eran de un blanco puro, que, claramente, se contraponía a la sangre pegajosa que recorría el fino hueso que aún las mantenía unidas.
-Me apresuré a disimular mis nervios haciendo caso omiso a su comentario. Saqué de mi bolso una pequeña botella de agua que había llenado unos pocos minutos antes de Fanta Naranja. Miró hacia arriba y prosiguió con una conversación que, a estas alturas, ya podría empezar a llamarse monólogo.
-Y en la esquina de nuestro edificio. Casi bajo nuestra habitación-. A cada palabra, yo daba sorbos más y más rápidos, intentando que las burbujitas en mi garganta me ayudaran a tragar todo lo que intentaba ocultar.
-¿Y si las dejaron aquí pensando que vivíamos justo encima?-. Expuso.
Cuando quise darme cuenta, la Fanta ya había salido por mi nariz. Sentía mi cara totalmente roja y los ojos me lloraban. Era imposible evitar que me atragantara después de esa pregunta tan inocente. Mi novio era finalemnte normal, me habían devuelto a mi ángel sin recuerdos, o, definitivamente, cuando Dios le hizo olvidarme, se le fue un poco la mano y lo dejó estúpido.
Después de un frío debate mientras caminábamos sobre el tipo de ave al que podrían pertenecer esas plumas, increíblemente solo, llegó a la conclusión que temía que alcanzara. Demasiado grande para un pajarito y muy pequeña para pertenecer a una gaviota.
-Tal vez nos la dejó un ángel-. Terminó.
Mi risa nerviosa me hacía recordar una y otra vez a la Fanta saliendo despedida por mi nariz. De haber sabido lo que iba a pasar, no la hubiera usado en el primero momento súbito de nervios, sino en todos los demás que le iban a seguir.
-Ya sabes-. Dijo, como convencido.
"Oh, no". No podía dejar de repetir en mi cabeza.
-Es una señal-.
Cómo me hubiera gustado que en ese momento mi corazón hubiera dejado de latir, al contrario que lo que decidió hacer. Lo sentía casi en la tráquea, intentando huir. Ni un segundo había tardado en hacer las maletas, pero lo comprendo. Yo hubiera hecho lo mismo en su situación por escapar.
-Oye-. Logré decir. -Tengo frío. ¿Y si volvemos a casa? Mañana es nuestro día libre, ¡lo aprovecharemos al máximo!
Vaciló unas pocas veces. Decidir entre la pareja y chuches es muy difícil. Yo no estoy segura de qué hubiera elegido yo, pero finalmente, se decidió a darme un capricho más y dimos la vuelta a casa.
Ya casi estábamos en esa dichosa esquina. No quería volver a pasar por ahí y sentir que mi corazón decidía visitar una vez más a sus, ya amigas, cuerdas vocales. La pasaríamos en unos segundos. No quería mirar. Sabía que el también estaría atento a esa esquina. Expectante, ingenuo. Tres, dos, ¡uno!
...
Me había parado en seco. Supe que me había precipitado al pensar que él seguiría mirándola. Yo había sido la única y, así, la que se había quedado sin aliento al ver que no quedaba ni rastro del fenómeno del que tanto había estado hablando. Ni pluma, ni huesos, ni sangre.
-¿Estás bien?-. Escuché a mi novio, preocupado, tras conseguir volver a la realidad.
Entonces, solté la mentira mas gorda que había podido decir en toda mi vida. Nerviosa, tensa, asustada, al límite, sí, ¿pero, bien? ni en broma era lo que describía lo que sentía, precisamente, en ese momento.
Una vez en casa, parecía que todo había transcurrido tan sólo en unos segundos, pero mientras la escenita anterior se desarrollaba, a mí me parecía que los lustros me dejaban atrás. Milenios, pensándolo mejor. Lo observaba jugando a la Play, mientras maldecía con tacos a unos cocodrilos que lo atacaban en un pantano y, sin poderlo evitar entonces, me juraba que siempre, siempre, le protegería. Fuese quien fuese en su interior.

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