Parece que ya nada es importante. Es triste, pero mi corazón ya limpio y vacío, lo siente en el aire, en el frío. Por suerte, éste último se concentra tan sólo en mis manos, dejando que la fiebre se ocupe de calentar mis mejillas para no sentir tan cerca la parte amarga del Otoño. El umbral de dolor se ha vuelto infinito. Ni una piedra ganaría al papel de mi vida. No ahora. No después de recordar unos besos que ni siquiera sé si quiero.
Y aquí estoy, tan lejos de casa. Pero, ¿para qué estar ahí? si ni en ella me siento cerca de donde querría estar. Ya no sé dónde quiero estar. Pero aquí... parece que puedo estar tan lejos de la realidad... que casi ni me toca. Está todo a oscuras. Apagado. Miro hacia arriba y reconozco una lámpara que no tiene mucho que hacer pero sí mucho que contar, aunque eso no me interesa en absoluto, la verdad.
Yo sólo se que no tengo ropa, pero no siento ningún frío fuera. Ni tampoco dentro. Es como si el tiempo se hubiese detenido por un instante, por un momento. De hecho, no he mirado el reloj en toda la noche. Me surgía un leve pensamiento y de pronto, se esfumaba. Como si mi subconsciente pudiera sentir las ganas que tenía de olvidarlo todo.
No le he hablado de mí, tan sólo un par de minucias. Ni le interesa escucharlas, ni me interesa que las guarde en su cabeza. Pero ya no hablamos, yo tan sólo miro esa lámpara, o al menos su sombra en la sombra de lo oscuro. Su silueta y la suya, aunque tampoco me interesan veintiseis años franceses de cicatrices que no se comparan a las mías.
¿Qué hago? esto no es lo que quería escribir. Lo editaré y lo dejaré en prosa.
Bueno,
"Siempre me quedará París".
"Siempre me quedará París".

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