Ambos corrían sin pensar un instante en volver la cabeza. No era capaz de notar las gotas de sudor que, por todo su esfuerzo, pensaba que al menos caerían desde su frente como antes le sucedía cuando disfrutaba al correr por todo ese vasto pero conocido paisaje. Sólo que esta vez, simplemente, no existían. Tampoco podía sentir su corazón salirse del pecho, como siempre le ocurrió cuando se dejó llevar al máximo todas esas noches y días en su niñez.
Sus pies dejaban atrás unas huellas de luz que salpicaban unas gotas, una vez más, lumínicas, tras sus dedos, en vez de simplemente barro. A la vez que sus mejillas, ahora más sonrrosadas, se cortaban con, y no por el viento. Pero su corazón sólo notaba su mano. La misma que deseó tener con toda su voluntad a lo largo de todo ese tiempo. Aunque, esta vez, con una pequeña pero tajante diferencia.
Se abrían paso a través de lo que a ella le parecía una extensa jungla interminable de árboles sombríos y especies que nunca antes había visto y mucho menos imaginado, lo que no quiere decir que no lo hubiera intentado infinitas veces antes. Antes, cuando aún, sin saber por qué, se encontraba dentro de La Torre.
En un atisbo de curiosidad, miró hacia el cielo. Mentiría si dijese que esperaba encontrarlo ahí, pues en su cabeza, como llevada por la intuición, no encontraba nada que llenara el espacio que les sobrevolaba, como observando unas pequeñas ratas esforzándose por encontrar la salida a uno de esos divertidos laberintos que tanto gustan a esa clase de científico que se siente completo... no, menos vacío cuando juega a ser Dios. Y de esta misma manera, fue como lo encontró. Ahí arriba no había absolutamente nada. Ni un azul más oscuro ni más cristalino, ni estrellas ni nubes que tapen el sol. Ni siquiera un sol.
Aunque confusa, poco le importó. Para ella, el único Sol lo tenía a su derecha, corriendo en su misma dirección, apretando tanto su mano que podría haber jurado escuchar los latidos que producía cada nervio de su cuerpo.

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